Soy un hombre realizado, puedo decir que llevo una vida feliz con mi mujer y nuestro pequeño hijo que ya cumple su primer año. Trabajo en una oficina en un cargo medio-alto, los domingos disfruto de unos buenos matchs de paddle y uso chombas color salmón, unas veces con sweater y otras no.
Pero últimamente, y sabrán disculpar ustedes o no mi sofismo inintencional al comienzo, no me siento feliz. Si bien soy dentro de todo exitoso -un 95% de las veces, tranquilamente podría decir-, temo mucho al fracaso. El jueves, por ejemplo, no pude encontrar un par de medias por lo que tuve que ir a trabajar con un par de cada color. Me termino de vestir, desayuno y subo a mi auto, la misma ruta de todos los días, pero al frenar en el semáforo sentí un vacío en mi pecho y comenzé a llorar. Aceleré, sin pensar en la necedad de mi acto y decidí frenar en el estacionamiento de un local de comidas rápidas el cual no me importó reconocer. Lloré durante dos horas hasta que un muchacho de seguridad me pidió que me retirara con falsa amabilidad.
Es por eso que aquí estoy, hoy sábado, habiendo decidido irme un fin de semana a descansar del incordio de la vida cosmopolita y a probar mi capacidad en un campamento improvisado con los muchachos de paddle. Grande era mi verguenza ya que yo, ya un hombre ya supuestamente hecho y existoso, en mi vida había armado una carpa. Mas no importaba, mi ego no me permitiría requerir la asistencia de mis drugos de la paleta.
Me dispuse pues de momento a intentar armar mi lar de tela sintética por cuenta propia. Pasada la hora y media de malogros, fracasos y frustraciones me vino a mi memoria mi primer mascota, un hermoso chucho llamado Gervasio y tal vez mi primer gran desatino en la vida.
Verán ustedes, cuando yo tenía cinco años decidí sorprender a mi padre por su cumpleaños, por lo que me levanté temprano y le hice el desayuno de sorpresa. Entré sin golpear... ver a mi padre dándole un beso negro al sodero hizo que no solo perdiera el control de la bandeja, la cual cayó haciendo un estridente sonido, sino que también me hizo perder mi inocencia y la capacidad de saborear las burbujas del agua gasificada. El sodero, don Gaspar, huyó espantado con tal celeridad que hubiera hecho descreer a cualquiera que se trataba un hombre de setenta y seis años. En su fuga presurosa don Gaspar encendió el motor de su rastrojero color café y embistió a Gervasio de lleno, ahí estaba el amor de mi vida, una mancha en el pavimento.
A CONTINUAR